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Parque de Isabel la Católica: un oasis para las aves

La aparición de los parques públicos en la trama de las ciudades es asunto relativamente reciente, pues no aparecen como tales hasta después de la revolución industrial. La llegada de gran cantidad de obreros a los nuevos núcleos industriales provoca un progresivo hacinamiento, con los consiguientes problemas de sanidad e higiene que la  disminución del espacio vital conlleva. Será entonces cuando por   la necesidad apremiante de oxigenar la ciudad se crean los parques públicos tal y como hoy los entendemos, es decir, espacios creados por los regidores de la ciudad para el libre uso de los ciudadanos.

Y serán las diferentes circunstancias que se dieron en el momento de su creación lo que los haga diferentes. Surgirán unos en los terrenos de cementerios en desuso, en los huertos de antiguos conventos o en lo que fueron jardines de los palacios que habitaron condes o marqueses. Nacerán algunos al lado del mar, otros en el centro de la ciudad. Cada uno crecerá marcado por su peculiaridad original. El gijonés parque de Isabel la Católica también tuvo la suya. Surgió para sanear, para urbanizar, una zona pantanosa que había en el lugar y eso fue lo que lo convirtió en diferente a los demás.

Tras la Guerra Civil, las autoridades municipales decidieron desecar las pantanosas aguas de la zona conocida como Llamarga del Molinón. Con este fin se obligó a los contratistas de obras a verter allí los escombros. Fueron toneladas y toneladas de materiales de construcción los que se depositaron en el lugar, pero en algunas zonas no se llegó a ver el fondo, razón por la cual se decidió mantener las dos pequeñas lagunas actualmente existentes.

Y esa decisión fue la que confirió al parque una de sus señas de identidad más características, pues esas lagunas se han convertido en un lugar de invernada para las aves acuáticas migratorias, razón por la cual el parque de Isabel la Católica es hoy un referente para quienes quieran observar de cerca las variadas especies de patos, ocas, gaviotas, yaguasas, fochas, cisnes, cormoranes, gansos o garzas que nos visitan.

Cierto es que existen observatorios de aves migratorias en la región, incluso en la zona central y no muy lejos de Gijón, como los de la ría de Villaviciosa, la Charca de Zeluán o el Humedal de la Furta, pero en ninguno de ellos están tan próximas que te las encuentras a tu lado sin habértelo propuesto.

Y hete tú aquí, que aquel contratiempo original, aquella dificultad para erradicar las aguas pantanosas, marcó el devenir del parque. Se acondicionó el que pasó a llamarse «estanque de los patos», instalándose en su entorno algunas esculturas alegóricas, como Las Driadas o el Niño con ánsar y se construyeron en las proximidades un palomar y un aviario, con lo cual la antigua Llamarga del Molinón pasó a convertirse en un verdadero oasis para todo tipo de aves, ya no sólo las migratorias.

Se crearon para higienizar las ciudades. Surgieron unos en los terrenos de cementerios en desuso, en los huertos de antiguos conventos o en lo que fueron jardines de los palacios que habitaron condes o marqueses. Algunos lo hicieron al lado del mar, otros en el centro de la ciudad... El parque de Isabel la Católica, además de ser un espacio para el esparcimiento de vecinos y visitantes, con sus parterres, rosaledas, esculturas (a las que ya les hemos dedicado un artículo anterior) y sus zonas de juegos infantiles, es un auténtico oasis para las aves.

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