En esto de la monumentalidad, como suele pasar con tantas otras cosas, resulta aconsejable andar con tiento y mesura. Y es que si por monumento entendemos lo que recoge el diccionario de la Real Academia Española, muchas son las obras públicas y patentes, muchas las esculturas o las construcciones, que por su valor histórico, artístico o arqueológico pudieran recibir tal nombre. Tantas que no es de extrañar que surjan listas para todos los gustos. Y no es cosa de ahora, que las ha habido desde antiguo, pues sabemos que en la Grecia clásica se había elaborado una con «las siete cosas dignas de verse», y que luego se convirtieron en «las siete maravillas del mundo».
Palacios, catedrales, esculturas, acueductos, mausoleos... monumentos todos; ineludible atracción turística. Bien está que, si se nos presenta la ocasión y espoleados por las alabanzas que hemos oído contar al respecto, recorramos centenares de kilómetros para contemplar una edificación que lleva en pie centenares de años y que representa un hito artístico o histórico en el pasado de nuestra especie.
Por suerte para nosotros ni son los únicos, ni todos se encuentran lejos. Ciertamente hay otros, que han dado en llamar «naturales» seguramente para diferenciarlos de los que no lo son, que están ahí, a la vuelta de cualquier cuesta, al final de cualquier sendero. Y ahí llevan estando desde hace millones de años esperando nuestra visita.
Tal es el caso de la playa de Barayo, parte integrante de la denominada Reserva Natural Parcial de Barayo, que está situada en la zona más oriental del concejo de Navia, allí donde se une con las tierras valdesanas: una zona de dunas y marismas de gran valor ecológico y paisajístico.
El arenal propiamente dicho reúne buena parte de los atractivos de la Reserva, pues a su belleza es preciso añadir la riqueza y diversidad que le confieren tanto el frente de dunas como el estuario del río Barayo.
Ciertamente, la de Barayo es un monumento de playa. Para comprobarlo, no hay más que recorrer sus casi setecientos metros de fina arena. Eso sí, sin ninguna prisa, paladeando cada pisada, disfrutando de cada mirada.
A tenor de los vestigios encontrados en las cuevas de los alrededores, parece claro que la presencia humana en la zona se remonta al Paleolítico. No obstante, para poder hablar del primer núcleo urbano tendremos que esperar hasta la época romana, momento en el que, al parecer, surgiría un primitivo enclave portuario.
Desde entonces y gracias a su estratégica posición, los vecinos del lugar habrían obtenido provecho tanto del Sella como del Cantábrico; del tráfico marítimo y del fluvial; de la pesca en unas y en otras aguas; y también de las explotaciones salineras. Esta activa dedicación al río y al mar se habría visto potenciada cuando en tiempos de Alfonso X El Sabio obtenga la carta fundacional.
A pesar de su nueva situación jurídica, la por entonces denominada Puebla de Ribadesella fue presa de la codicia de algunos linajes nobiliarios que se hicieron con el control de su gobierno.
La pujanza de la zona portuaria era, claro está, la causa de las apetencias de la nobleza. Las fuentes de ingresos provenían de la pesca, la de bajura y la del salmón en la ría; pero también la industria de salazones y la importación de sal, un negocio muy rentable pues estaba sujeto a monopolio y gravado con impuestos. No hay que olvidarse tampoco de la actividad generada en torno a la caza o pesca de la ballena, que aquí tuvo cierta importancia.
Palacio de la familia Prieto-Cutre (siglo XVI)
En el siglo XVI las cosas empezaron a cambiar. Las guerras en las que se ve inmersa España por entonces (que obligaron a la fortificación del cerro de Guía, lugar donde también se construyo la ermita) y la paulatina desaparición de ballenas en el Cantábrico, abocarán a la otrora pujante economía riosellana a una progresiva decadencia.
Capilla de la Virgen de Guía (siglo XVI)
En este tiempo, quizás para buscar alternativas al descenso del número de capturas de ballenas y de otras especies, se crea el Honorable Gremio de Mar y Puerto de Ribadesella, que será el organismo encargado de regular todo lo relacionado con las pesquerías, en especial con la del salmón que tenía como escenario la ría. No obstante, la pesca de salmones irá también disminuyendo y a mediados del siglo XIX el Gremio de Mar deja de existir.
Palacio de los Prieto (siglo XVIII)
Como si el definitivo cierre del Gremio hubiera actuado como detonante, muchos fueron los riosellanos que por entonces se embarcaron rumbo a América, de manera especial a Cuba. Curiosamente, serán algunos de ellos o, mejor dicho, los capitales que traen consigo al retornar tras la independencia cubana, los que contribuirán al despegue económico que experimentará la villa en los primeros años del siglo XX.
Chalet de los marqueses de Argüelles en la playa de Santa Marina (fotografía de 1912)
La llegada de capitales americanos reactivó la economía local con la apertura de comercios e industrias. Parte del dinero recién llegado se destina a la inversión inmobiliaria parte de la cual se localiza en la zona conocida como Arenal de Santa Marina, mucho más próximo a la villa desde que en 1898 se construyera el puente de hierro sobre el Sella.
El chalet que en 1911 se hicieron construir los marqueses de Argüelles supuso el inicio de lo que, no tardando, sería una urbanización de suntuosas residencias.
Chalet Piñán (1911)
Villa Rosario (1914)
Villa San Pedro (1917)
Chalet de Llano (1922)
El paseo que bordea la playa se ha convertido, por tanto, en un estupendo muestrario arquitectónico. Allí se encuentran algunos buenos ejemplos de algunos de los estilos más afamados en las dos primeras décadas del siglo veinte.
Tras el paseo por la playa de Santa Marina, admirando jardines, techumbres de tejas vitrificadas, torres que se alzan a la vera del mar, cruzamos el puente que pone fin al más conocido de los descensos de piraguas, para adentrarnos en la otra orilla, allí donde dicen que un ya lejano día Ribadesella empezó a ser lo que ahora es.
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Algunas cosas más del concejo de Ribadesella
PICU MOFRECHU. La sierra de La Escapa- Santianes está situada entre las del Sueve, al oeste, y la del Cuera, al este. Su máxima altitud se alcanza en el Picu Mofrechu (891 metros), el más alto del concejo de Ribadesella y privilegiada atalaya desde la que se pueden contemplar panorámicas como la de la villa riosellana...
RUTA DE LOS MOLINOS (LA CUEVONA) . La única manera de acceder en vehículo al pueblo riosellano de Cuevas es a través de una cueva de doscientos cincuenta metros de longitud. Para quienes no tenemos por habitual llegar a nuestra localidad de residencia tras haber atravesado una cueva plagada de estalactitas y estalagmitas, la salida al otro lado, al bucólico valle, con río incluido...
Las aguas del río Pino apenas recorren unos siete kilómetros, que es la distancia existente entre su nacimiento en la sierra de las Fuentes de Invierno y su encuentro con las del San Isidro. A pesar de su escasa longitud, sus aguas protagonizan estampas de gran vistosidad, en especial en las denominadas Foces del Pino, un angosto desfiladero de importancia geológica y de gran belleza, razones por las cuales fue declarado monumento natural en el año 2001.
Para llegar hasta este espacio singular recorreremos un sendero que utilizan los ganaderos de la zona cuando, llegado el buen tiempo, suben el ganado hasta las majadas situadas en Caniella y Vegarada.
Características
Tipo: lineal
Dificultad: ▲▲▲▲▲
Itinerario: El Pino - molín de Peón - Gavalanceras - El Pasaero y regreso
Señalización: suficiente
Sendero homologado: es una parte del PR AS-31
Desnivel: unos 360 metros.
Distancia: unos 8 kilómetros y medio
Duración: alrededor de cuatro horas
Situación y distancias
Distancias por carretera a Cabañaquinta, capital del concejo de Aller
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Cómo llegar al punto de partida
La ruta comienza en la localidad allerana de El Pino, situada a algo menos de doce kilómetros de la capital del concejo y a la que accederemos por la carretera AS-253 que une Cabañaquinta con el puerto de San Isidro.
Una vez estacionado el vehículo, y tras darse una vuelta por el lugar para contemplar algunas de sus casonas, como la conocida Casa de la Torre; la iglesia parroquial, construida a mediados del siglo XVIII; o varios ejemplares de hórreos y paneras que nos encontramos a lo largo del recorrido, nos dirigimos hacia un puente que se alza sobre el río: es el San Isidro al que se ha unido, poco más arriba el Pino, protagonista de nuestra caminata (ver mapa).
Tras cruzar el puente, tomamos una estrecha carretera que asciende bajo el arbolado. El rumor de las aguas, que ya son las del Pino, nos acompañará durante todo el recorrido. Tras pasar al lado de fuente de la Salud, de aguas ferruginosas, volvemos a encontrarnos con las del Pino, y ahora las vemos bien cerca, pues unos centenares de metros más arriba, a la izquierda del camino, encontraremos una zona de descanso situada justo a su misma vera.
Proseguimos nuestra andadura por camino ancho y cómodo bajo una tupida cubierta vegetal. Casi sin darnos cuenta llegamos a un antiguo molino, conocido como Molín de Peón, una nueva excusa para realizar otra parada y contemplar este edificio, el cual –además de las instalaciones propias de la molienda– también albergó en el pasado una minicentral eléctrica.
Cruzamos un puente de piedra y a la otra orilla nos espera una pendiente que si bien no es muy exigente parece empeñarse en acompañarnos durante un rato. Mientras ascendemos nos da por pensar que, además del runruneo del río más o menos cercano, una de las características más destacadas de este primer tramo del del sendero, el que nos conduce al desfiladero propiamente dicho, es el del verdor, que todo lo domina. Y aún cuando en la cubierta arbórea se abre algún claro, lo que se contempla entonces es una nueva gama de verdes que se elevan hasta la cima de las montañas cercanas.
Agua y verde; verde y agua. La del río y la de las fuentes, pues a la de la Salud que hemos dejado atrás, pronto añadiremos la de Les Gavilanceres.
Unos veinte minutos después (más o menos, que en esto del caminar lo de los tiempos es muy variable), llegaremos a un puente de madera que atravesaremos. Estamos en las puertas de la hendidura abierta entre las montañas que conocemos como foces del río Pino.
La estrechura es tal que la separación entre las paredes que ascienden verticales a uno y otro lado, apenas supera los seis metros en algunos de los tramos. Ese es el reducido espacio que comparte el camino empedrado con el río.
Aunque la longitud del desfiladero no llega a los mil metros, no se recorren con facilidad pues te paras una y otra vez, a la vuelta de cada recodo. Lo de los tiempos que decíamos más arriba. Hay kilómetros y kilómetros, y algunos hay que no se pueden recorrer en el mismo tiempo que otros. Faltaría más.
Sendero lineal o sendero circular. Una vez atravesado el desfiladero, cuando llega la hora de regresar, nos alegramos de que este sendero sea lineal y que haya que regresar por el mismo sitio que hemos recorrido a la ida. Disfrutamos dos veces las foces del Pino.